Vida privada de un gigante

Es frecuente que los gigantes
vengamos al mundo
entre la piernas de una muerta.

Imaginaos qué alegría
el álbum del bautizo.
Imaginaos ser amamantado por bestias
sobre el suelo de los establos.

El caso es que crecí.
El caso es que no paré de crecer
y que mucho antes de tiempo
me hicieron elegir un oficio.
Dejarte fotografiar es fácil al principio.
Levantar niños,
levantar enanos,
levantar chicas,
levantar hombres, barriles, cañones,
toros y coches con familias dentro,
pero ¿qué otra cosa podría hacer?

Mi corazón es una rotonda
por la que muchos pasan,
pero ¿quién habita una rotonda?

Otros ven molinos de viento
y buscando tu impostura
delatan su vacío moral:
fíate de cualquiera pero no de la gente.
Solo quieren que les levantes del suelo,
comprar tu cadáver para exhibirlo
y hacer cucharas con tus uñas.

Los elefantes del circo
son los únicos que saben de esto.
Simplemente bebo
y después duermo con ellos.
Sé que de noche nos miran dormir.
Es normal; es gente de carromato
--cada cual con lo suyo--
y saben intimidar con sus peores artes
a los que se agolpan contra las vallas.

Compartimos pesadillas con hombres,
con jaurías de hombres armados
que nos dan caza con balas y monedas:
lecciones de civilización de homínidos
cuya única ventaja es la de ser mayoría.

Claro que una vez tuve sueños:
ser un coloso, un héroe,
un país de una sola persona,
pero el mundo real está hecho
de mentira, hez y casquería.

He dado varias vueltas al mundo.
He visitado templos,palacios,
burdeles, trincheras, vaticanos
y fábricas de dimensiones titánicas
con la excusa de encontrar un horno;
un horno donde quepa mi cadáver
buscando solamente uno
donde quepa mi cabeza.